En 1997, durante un viaje en el tren «Shinkansen» en Japón, Ferdinand Piëch esbozó un diseño para un motor W18, esencial para el futuro de Bugatti, una marca que enfrentaba serias dificultades financieras. Este motor estaba compuesto por tres bloques de seis cilindros, con un ángulo de 60 grados, tres cabezas y 72 válvulas, alcanzando una cilindrada de 6,255 cc.
El motor W18 era un propulsor de aspiración natural que generaba 555 caballos de fuerza y 650 Nm de torque a 4,000 rpm. Aunque sirvió para varios prototipos, no llegó a ser implementado en un coche de producción. Su desarrollo se convertiría en la base para el motor W16 que debutó en el Bugatti Veyron.
Piëch, reconocido por su trabajo innovador en motores, consideraba al motor como el elemento central de un vehículo. El W18, un motor cuya construcción incluía componentes de motores en serie de Volkswagen, pesaba más de 300 kilos y prometía rendimientos excepcionales. Sin embargo, su complejidad y costo elevado dificultaron su viabilidad.
Inicialmente, Piëch buscaba una marca prestigiosa para albergar su motor y consideraba a Bentley y Rolls-Royce. Al fallar en la adquisición de Rolls-Royce debido a la competencia de BMW, se dio cuenta de que Bugatti podría ser la solución. La influencia de su hijo, quien se interesó en un Bugatti clásico, fue vital para este desenlace.
Volkswagen adquirió finalmente los derechos de Bugatti en 1998, y Piëch aprobó el desarrollo de prototipos, iniciando con el coupé EB 118. Diseñado por Giorgetto Giugiaro, este modelo incorporaba un motor de 18 cilindros y tracción en las cuatro ruedas. Este prototipo se presentó en el Salón de París, marcando el resurgimiento de Bugatti.
A pesar de las expectativas, el W18 no se utilizó en la producción debido a su tamaño, peso y desafíos de ingeniería relacionados con la refrigeración. En cambio, el diseño y la visión de Piëch llevaron a la creación del motor W16, que combinó dos motores W8 y debutó en el Bugatti Veyron.
El Veyron se convirtió en un hito en la industria automotriz al ser el primer coche de producción en serie en superar los 1,001 hp y alcanzar una velocidad máxima de 400 km/h. Su fabricación fue limitada a 500 unidades, consolidando a Bugatti en el mercado de superdeportivos y reintegrándola en la historia automotriz gracias a la visión innovadora de Piëch.
