El fentanilo, un opioide sintético utilizado históricamente para fines médicos, ha evolucionado en México hacia una crisis de salud pública. Este cambio se ha documentado en un informe de la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama), que detalla cómo la epidemia de opioides en Estados Unidos ha convertido a México en un centro de producción y consumo de fentanilo ilícito.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el fentanilo es de 50 a 100 veces más potente que la morfina y su potencial de dependencia ha convertido a esta sustancia en la causa principal de muertes por sobredosis en Estados Unidos. El informe destaca que, tras un endurecimiento de las regulaciones en China antes de 2019, los cárteles mexicanos comenzaron a fabricar fentanilo en laboratorios clandestinos, aprovechando el acceso a precursores químicos.
Desde 2013, comenzaron a registrarse casos de consumo ilegal en México, a través de medicamentos adulterados y mezclas como la «China White». A partir de 2018, la demanda de tratamiento por adicción a esta droga ha ido en aumento, reflejada en el incremento de incautaciones por parte de las fuerzas de seguridad. Los primeros decomisos significativos fueron en 2015, pero desde 2017 se han reportado volúmenes mayores.
El informe concluye que este fenómeno no está relacionado con el desvío de fentanilo de uso médico, afirmando que no hay evidencia que vincule el consumo ilícito con productos farmacéuticos legalmente comercializados. Las diferencias entre el fentanilo legal, regulado y controlado para uso médico, y el producido ilegalmente, subrayan los riesgos asociados al fentanilo ilícito, principalmente por su alta potencia y los peligros de sobredosis.
