Un sismo de magnitud 6.5 se registró recientemente en San Marcos, lo que reavivó preocupaciones sobre la posibilidad de un megaterremoto en México. Este fenómeno geológico, caracterizado por más de un siglo de inactividad sísmica, plantea interrogantes sobre el riesgo que enfrenta la población y la necesidad de adoptar medidas de preparación ante una eventual liberación de energía.
La brecha sísmica de Guerrero, que abarca un segmento tectónico de aproximadamente 230 kilómetros entre Papanoa y Acapulco, es una zona de alta fricción donde la Placa de Cocos se introduce bajo la Placa Norteamericana. Este fenómeno ha permitido la acumulación de tensión geológica durante años, sin una liberación significativa en más de 110 años, según el Servicio Sismológico Nacional.
Históricamente, de 1845 a 1911, esta región generó al menos seis terremotos de fuerte magnitud, lo que indica su potencial destructivo. Aunque el sismo reciente en San Marcos provocó alertas, especialistas señalaron que no fue suficiente para descargar la acumulación de energía, aumentando así la probabilidad de un evento catastrófico en el futuro cercano.
Investigaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México han identificado la existencia de sismos lentos en Guerrero, eventos tectónicos que ocurren cada 3.5 años y permiten una disipación gradual de la energía acumulada. Estos movimientos, imperceptibles para los humanos, actúan como una válvula de escape, reduciendo temporalmente la fricción entre las placas tectónicas.
Expertos, incluido el doctor Víctor Manuel Cruz Atienza, advierten que, a pesar de los sismos lentos, la energía aún se acumula en la brecha sísmica. En caso de una ruptura súbita de esta zona, las proyecciones sugieren que podría desencadenarse un terremoto superior a magnitud 8.0. La monitorización constante y el avance en la comprensión del comportamiento tectónico son fundamentales para fortalecer los protocolos de prevención y la infraestructura ante un riesgo persistente.
