Las explosiones en la central nuclear de Chernóbil, aunque separadas por décadas, han reavivado preocupaciones de seguridad en Ucrania. La primera, en 1986, liberó una nube de radiación que impactó a Europa y a la Unión Soviética, mientras que una segunda explosión, atribuida a un dron ruso en 2025, generó nuevas tensiones en un país que todavía enfrenta el trauma de su historia nuclear.
El dron impactó la estructura de Nuevo Confinamiento Seguro, un sistema construido para proteger el sitio de los peligros del reactor dañado. Aunque este ataque no causó perforaciones, provocó un incendio que generó alarma entre las autoridades. A pesar de que los niveles de radiación no aumentaron en el área, el Organismo Internacional de Energía Atómica advirtió que el daño podría comprometer gravemente la vida útil del arco protector.
Trabajadores de la planta, como Klavdiia Omelchenko, reviven recuerdos del desastre de 1986, cuando, a sus 19 años, fue evacuada de su hogar en Prípiat. Ella recuerda la falta de información sobre la magnitud del accidente y cómo su vida cambió drásticamente. La invasión rusa y el reciente ataque con dron han intensificado sus temores.
En Chernóbil, la construcción del NCS ha quedado en suspenso debido al conflicto. Ingenieros como Liudmyla Kozak han vivido momentos de angustia, trabajando bajo vigilancia militar durante la ocupación rusa. La integridad de la instalación depende de reparaciones urgentes, pues la guerra ha alterado la percepción de la seguridad nuclear en la zona.
El impacto del dron también ha puesto en jaque los planes de desmantelamiento del sarcófago original, que se ha visto comprometido por años de abandono y conflictos. Serhii Bokov, quien supervisa las operaciones, destacó la gravedad de la situación y la necesidad de restaurar la seguridad para mitigar los riesgos de una catástrofe. Expertos advierten que sin acciones inmediatas, el colapso del sarcófago podría resultar en consecuencias desastrosas tanto para Ucrania como para la región.
