En una situación que pone de relieve la intersección entre el deporte y la política, la FIFA ha rechazado una solicitud para modificar el horario del partido México-Inglaterra. Esta decisión, en medio de los nervios por la clasificación de la selección argentina, plantea interrogantes sobre las dinámicas de poder en un evento deportivo de esta magnitud y sus implicaciones para la diplomacia internacional.
Las gestiones diplomáticas para un cambio de horario comenzaron en la embajada británica, donde se presentó la propuesta como un favor al público inglés. Si el partido se hubiera programado para el mediodía local, habría permitido su transmisión en horario estelar en Londres, a las 7 de la tarde. Este movimiento no solo refleja la influencia de la política deportiva, sino también el manejo estratégico de la imagen del primer ministro británico, Keir Starmer, quien busca aprovechar estos últimos momentos en su puesto para conectar con un electorado apasionado por el fútbol.
El escenario se complica aún más debido a la implicación de medios de comunicación. Los derechos de transmisión son compartidos por la BBC y ITV, esta última controlada por BlackRock, la mayor gestora de activos a nivel mundial. Este contexto mediático resalta la interconexión entre la política y la economía, teniendo en cuenta que su CEO, Larry Fink, tuvo conversaciones recientes con la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum.
Adicionalmente, el gobierno local ha mostrado interés en un cambio de horario para facilitar un operativo de seguridad más efectivo durante la tarde, dado el desastroso suceso de celebraciones violentas tras un partido anterior en el que fallecieron cuatro personas. Este factor resalta la presión adicional que enfrenta el gobierno de la Ciudad de México en un contexto donde el deporte puede exacerbar las tensiones sociales.
Sin embargo, la negativa del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, fue tajante. La resistencia se fundamentó en la necesidad de mantener la programación original de otro encuentro crucial, Brasil-Noruega, que también tiene implicaciones contractuales y logísticas significativas. Este conflicto de intereses muestra las complejidades involucradas en la organización de eventos deportivos de tal escala.
El seleccionador mexicano, Javier Aguirre, también se alineó con la decisión de no modificar el horario, enfatizando la importancia de la planificación para el rendimiento del equipo. La situación refleja cómo el fervor del Mundial está configurando una realidad política, marcando un contraste notable con la cotidianidad mexicana y alineándose más con las experiencias observadas en naciones como Argentina o Brasil, donde el fútbol frecuentemente influye en la política y viceversa.
