Hubo un tiempo en que México organizaba sus domingos alrededor de una televisión. Las familias se reunían, aparecía Raúl Velasco y Siempre en Domingo decidía quién merecía convertirse en estrella. Una presentación podía abrir una carrera. La repetición hacía el resto: aquel desconocido terminaba instalado en la sala, en la conversación y hasta en el afecto de la gente.
Las televisoras conocían el negocio. También conocían el poder que venía con él.
Ahora TV Azteca apuesta por ¿Quién quiere ser millonario?, un concurso construido alrededor de una promesa irresistible: una persona común puede transformar su vida respondiendo preguntas.
El conocimiento abre la puerta; el suspenso mantiene al público frente a la pantalla. Conforme avanza el juego, cada respuesta adquiere un peso distinto: el dinero puede convertirse en una casa, en estudios para los hijos o en el alivio de una deuda.
La fuerza de esa fórmula quedó retratada en Slumdog Millionaire, conocida en México como Quisiera ser millonario. La película sigue a un joven de los barrios pobres de Bombay que participa en la versión india del concurso. Las preguntas van revelando episodios de su vida: detrás de cada respuesta hay una experiencia, una pérdida, una herida.
El espectador termina siguiendo mucho más que una competencia de conocimientos. Quiere que ese muchacho tenga una oportunidad.
Ahí está la potencia emocional del formato: darle rostro a la aspiración. Durante unos minutos, quien observa desde casa puede imaginarse en esa silla. Puede pensar qué haría con el premio, reconocer en el participante sus propias dificultades y celebrar una victoria ajena como si fuera cercana.
En esa escena existe otra figura que permanece cuando los concursantes se van: el conductor.
Escucha las historias, administra el suspenso y acompaña el momento decisivo. Los participantes cambian; su rostro permanece. Y, con el tiempo, puede generar una sensación de cercanía con la audiencia.
El rostro que TV Azteca eligió para ocupar ese lugar es nada más y nada menos que el de Enrique de la Madrid, un político que ya buscó convertirse en candidato presidencial.
A partir de ahí, el estreno también admite una lectura política.
Enrique de la Madrid y una posible ruta hacia 2030
Mi hipótesis es que Ricardo Salinas Pliego podría encontrar en este proyecto una posible apuesta política rumbo a 2030.
La investigación sobre las relaciones parasociales ha estudiado la cercanía que las audiencias pueden llegar a sentir hacia figuras mediáticas con quienes nunca han convivido personalmente.
Una persona aparece con tanta frecuencia en nuestra vida cotidiana que podemos llegar a sentir que la conocemos. Esa sensación no equivale a conocer realmente su carácter, sus decisiones o sus capacidades, pero sí puede modificar la manera en que una audiencia percibe a una figura pública.
Y ahí podría comenzar la construcción de un proyecto político.
Salinas Pliego tiene dinero, medios y capacidad para colocarse en la conversación pública. Convertir esos recursos en identificación popular, sin embargo, sería una tarea mucho más compleja.
La notoriedad permite que todos sepan quién eres; la empatía exige que las personas sientan que entiendes lo que viven.
En un país que registró 38.5 millones de personas en situación de pobreza multidimensional en 2024, según datos del INEGI, esa distancia importa.
No hace falta atribuir resentimiento a quienes tienen menos. Basta reconocer que las preocupaciones de un multimillonario pueden parecer muy lejanas a las de una familia que calcula si llegará a la siguiente quincena.
Hablar de oportunidades desde una gran fortuna personal exige construir un puente de credibilidad.
Hoy, presentar a un gran empresario como eventual candidato supone un desafío: convertir el éxito económico en confianza popular.
Tener una fortuna puede despertar admiración, pero no garantiza que una familia preocupada por llegar a la quincena se sienta representada.
El dinero puede comprar exposición. La identificación tiene que construirse.
De político a personaje cotidiano
Los nuevos modelos de comunicación política favorecen la construcción de personajes públicos fácilmente reconocibles.
El político que grita desde una tribuna o recita un discurso solemne compite ahora con figuras capaces de provocar emociones, contar una historia y generar conversación.
Algunas lo hacen mediante posiciones confrontativas; otras, con humor, cercanía o una personalidad que rompe con las convenciones tradicionales.
En ese escenario, la capacidad de conectar puede adquirir un peso importante en la construcción de una imagen pública.
Mi interpretación es que algo de eso podría estar ocurriendo con Enrique de la Madrid: darle a un político de élite un personaje cotidiano.
Sacarlo del escenario donde debe explicar su pasado político e instalarlo en otro donde pueda escuchar, sonreír, acompañar y celebrar.
Que una parte del público comience a reconocerlo por las emociones asociadas al programa antes que por las siglas de su padre, el expresidente Miguel de la Madrid, y por su propia trayectoria dentro de la política mexicana.
¿Quién quiere ser millonario? ofrece condiciones particulares para intentarlo.
El concurso reúne aspiraciones económicas, historias personales y la esperanza de un cambio de vida. El espectador puede identificarse con quien ocupa la silla y, al mismo tiempo, familiarizarse con quien conduce.
Los participantes se marchan; Enrique permanece.
Cada emisión le ofrece otra oportunidad de entrar en la conversación familiar.
¿Una apuesta de Salinas Pliego para 2030?
Ahí ubico la posible apuesta de Ricardo Salinas Pliego: envolver una trayectoria política en una experiencia de entretenimiento y permitir que la familiaridad haga su trabajo.
No está demostrado que exista ese plan.
Pero, si el programa logra convertirse en un fenómeno de audiencia, Enrique de la Madrid podría ampliar su reconocimiento mucho más allá de los públicos que normalmente siguen la política.
La transformación sería importante: que un hombre relacionado durante décadas con un apellido presidencial llegue a sentirse como alguien conocido dentro de millones de hogares.
Y que, si en algún momento vuelve a hablar de la Presidencia de México, una parte de la audiencia sienta que lleva años viéndolo y escuchándolo.
Ricardo Salinas Pliego podría estar dejando que otros actores políticos se desgasten públicamente mientras una de las figuras de su televisora construye reconocimiento desde un espacio aparentemente alejado de las campañas.
Mi hipótesis apunta a Enrique de la Madrid.
De la Madrid tiene experiencia política, pero enfrenta un reto que cualquier aspirante presidencial necesita resolver: construir cercanía y reconocimiento entre sectores mucho más amplios de la población.
¿Quién quiere ser millonario? podría ayudarle en ese terreno.
Cada semana escuchará historias, compartirá emociones y aparecerá junto a personas que sueñan con cambiar su vida.
La relación entre televisión y política tampoco sería algo nuevo.
Volodímir Zelenski llegó a la Presidencia de Ucrania después de desarrollar una carrera como actor y comediante, mientras Donald Trump construyó durante años una fuerte presencia pública vinculada, entre otros espacios, a la televisión.
Los contextos son completamente distintos y no permiten establecer una comparación directa, pero ambos casos muestran hasta qué punto la exposición mediática puede formar parte de la construcción de una figura política.
Salinas Pliego podría estar explorando una ruta distinta: convertir a un político de élite en un personaje familiar para millones de mexicanos.
Es mi lectura. Todavía no existe evidencia pública que demuestre un plan presidencial de este tipo.
Pero si Enrique de la Madrid termina apareciendo en la boleta electoral de 2030, quizá entonces volvamos la mirada hacia este momento y nos preguntemos si una parte de aquella campaña comenzó, años antes, con una pregunta frente a las cámaras de televisión.